Juan Vicente Gómez: El gomecismo III
Introducción: (1931-1935)
El estudio de la historia contemporánea de Venezuela encuentra en el fenómeno del gomecismo un punto de inflexión decisivo. Tras décadas marcadas por guerras civiles, caudillismos regionales y una institucionalidad frágil, la figura de Juan Vicente Gómez emergió como el eje de una transformación profunda, sostenida tanto por la represión como por la inesperada bonanza petrolera. Sin embargo, es en su tercer y último mandato oficial, entre 1931 y 1935, donde el régimen alcanza su forma más acabada: un Estado centralizado, vigilante, sostenido por la renta petrolera y por un aparato militar que respondía únicamente al “Benemérito”. Al mismo tiempo, este periodo revela las grietas biológicas y políticas que anticipaban el final de una dictadura que había moldeado la vida nacional durante casi tres décadas.
El retorno formal al poder: La caída de Juan Bautista Pérez
Para comprender el inicio de este último ciclo gomecista, es necesario observar la maniobra política que devolvió a Gómez la banda presidencial el 13/07/1931. Desde 1929, la presidencia estaba ocupada por el abogado Juan Bautista Pérez, un civil respetable pero sin poder real, colocado allí por el propio Gómez para sostener la apariencia de alternabilidad republicana. Mientras tanto, el General gobernaba desde Maracay, ejerciendo el mando militar y político con la misma firmeza de siempre.
La crisis económica global desatada por el crac de 1929 alteró el equilibrio interno del régimen. Aunque Venezuela no dependía del mercado agrícola internacional como otros países latinoamericanos, la caída de los precios del petróleo y las tensiones dentro del círculo gomecista hicieron evidente que la figura de Pérez ya no cumplía su función. El Congreso Nacional, obediente a las directrices del General, solicitó la renuncia del presidente bajo el argumento de que solo el “Salvador de la Patria” podía conducir al país en tiempos turbulentos.
El 13/06/1931, el gabinete ministerial presentó su renuncia en bloque, dejando a Pérez completamente aislado. La escena, reconstruida por diversos testimonios, muestra a un presidente acorralado por un sistema que nunca le perteneció. Pocas semanas después, Gómez reasumía formalmente la presidencia, consolidando un modelo de poder donde Caracas seguía siendo la capital administrativa, pero Maracay se convertía en el verdadero centro de decisiones. La “Ciudad Jardín” era, en esencia, la corte del dictador.
La consolidación del Estado Petrolero en medio de la Gran Depresión
El último mandato de Gómez coincidió con uno de los momentos más críticos de la economía mundial. Sin embargo, Venezuela vivía una paradoja histórica: mientras el planeta se hundía en la Gran Depresión, el país contaba con un recurso que amortiguaba los golpes externos. Para 1931, Venezuela ya era el primer exportador mundial de petróleo, posición alcanzada en 1928 y mantenida durante todo el periodo gomecista.
La política económica del régimen fue conservadora, pragmática y profundamente centralizada. A pesar de la caída de los precios internacionales, la producción petrolera continuó creciendo, garantizando ingresos suficientes para mantener un superávit fiscal que asombraba a observadores extranjeros. El hito más emblemático de esta estabilidad fue la cancelación total de la deuda externa en 1930, un gesto político que reforzó la imagen de Gómez como garante del orden y la solvencia nacional.
Entre 1931 y 1935, la renta petrolera se convirtió en el combustible de un Estado que invertía en modernización militar, infraestructura estratégica y en el enriquecimiento de la élite gobernante. El ejército, reorganizado y equipado con recursos provenientes del petróleo, se consolidó como el pilar fundamental del régimen. La lealtad castrense no era solo política: era material, estructural y profundamente personal.
Infraestructura y control territorial
Las obras públicas continuaron siendo una herramienta de propaganda y control. La construcción de la Carretera Trasandina, una de las obras más ambiciosas del periodo, no solo facilitó la comunicación entre regiones, sino que permitió el desplazamiento rápido de tropas hacia zonas potencialmente conflictivas. El trazado de carreteras, puentes y caminos no respondía únicamente a criterios de desarrollo: era una estrategia militar cuidadosamente diseñada.
En Maracay, Gómez levantó símbolos de su poder: la monumental Plaza Bolívar —considerada la más grande de América en su momento— y el Hotel Jardín, un espacio que combinaba lujo, modernidad y la estética personal del dictador. Mientras tanto, vastas regiones del país permanecían bajo un silencio vigilado, donde la presencia del Estado se manifestaba más como control que como servicio.
La vida bajo el puño de hierro: represión y censura
Los últimos años del gomecismo no significaron una relajación del aparato represivo; por el contrario, la vigilancia se intensificó. La “Sagrada”, la policía política del régimen, operaba con una autonomía temible. Sus agentes actuaban sin límites legales, ejecutando detenciones, torturas y persecuciones contra cualquier sospechoso de disidencia.
Las cárceles de La Rotunda en Caracas, el Castillo de Puerto Cabello y las colonias de trabajos forzados se convirtieron en espacios donde la represión adquiría forma física. Los testimonios de la época describen los grillos —pesados grilletes de hierro— como instrumentos de castigo que marcaban no solo el cuerpo, sino la memoria colectiva.
La Generación del 28, que años antes había desafiado al régimen desde las aulas universitarias, vivía entre el exilio y la prisión. La prensa estaba completamente controlada: solo circulaban diarios que exaltaban la figura del “Benemérito” y su supuesta misión civilizadora. La llamada “paz de los sepulcros” era el resultado de la eliminación sistemática de cualquier forma de oposición.
El ocaso biológico: la salud del General
A partir de 1934, la salud de Juan Vicente Gómez comenzó a deteriorarse de manera evidente. El hombre que había gobernado con una energía implacable desde 1908 enfrentaba ahora los límites de su propio cuerpo. Una afección prostática crónica lo debilitaba, y la vida en el Palacio de Las Delicias se volvió más hermética que nunca.
El círculo íntimo del dictador —familiares como Florencio Gómez Núñez y colaboradores como el General Eleazar López Contreras— empezó a maniobrar discretamente ante la inminencia de una sucesión. Sin embargo, Gómez mantuvo el control del mando militar hasta el final. Su figura seguía infundiendo temor y respeto, envuelta en un aura de invencibilidad que había sido cuidadosamente cultivada durante décadas.
Mientras tanto, el país comenzaba a cambiar. La urbanización incipiente, la llegada de nuevas ideas políticas y el contacto con el exterior preparaban el terreno para una transición que, aunque controlada, sería inevitable tras la muerte del dictador.
17 de diciembre de 1935: el fin de una era
La muerte de Juan Vicente Gómez ocurrió el 17/12/1935. La coincidencia con el aniversario de la muerte de Simón Bolívar no pasó desapercibida: la historiografía oficial del régimen había trabajado durante años para vincular ambas figuras, exaltando al dictador como continuador del proyecto bolivariano.
Gómez murió en su cama, rodeado de familiares y generales leales. La noticia se mantuvo en secreto durante varias horas mientras se aseguraba la transición militar. Eleazar López Contreras, Ministro de Guerra y Marina, asumió el control de la situación y fue designado Presidente Encargado.
Cuando el anuncio oficial llegó a las calles, la reacción fue inmediata. Tras 27 años de silencio forzado, el pueblo venezolano salió a manifestarse. Las propiedades de la familia Gómez fueron atacadas, y la población expresó una mezcla de alivio, rabia acumulada y esperanza. Era el estallido emocional de un país que había vivido bajo un régimen férreo durante casi tres décadas.
El legado y la transición hacia la democracia
La muerte de Gómez no significó el fin inmediato del sistema que había construido. López Contreras inició un proceso de transición conocido como el “Post-Gomecismo”, caracterizado por una apertura gradual: liberación de presos políticos, retorno de exiliados y reformas institucionales que buscaban evitar un nuevo caudillismo.
Sin embargo, la estructura del Estado gomecista —centralizado, militarizado y dependiente del petróleo— permaneció como la base sobre la cual se edificó la Venezuela del siglo XX. Gómez dejó un país sin deuda externa, con fronteras definidas y un ejército nacional unificado, pero también un legado de represión, desigualdad y silencios forzados.
Su último mandato fue el epílogo de un sistema que concebía la nación como una hacienda personal, administrada con mano de hierro y sostenida por la renta petrolera. La Venezuela que emergió tras su muerte tendría que enfrentar el desafío de desmontar ese modelo y construir, lentamente, un camino hacia la modernidad democrática.
Véase también
• Juan Vicente Gómez – El comienzo de gomecismo
• Juan Vicente Gómez: El gomecismo II
Fuentes Oficiales
- Academia Nacional de la Historia de Venezuela
- Fundación Empresas Polar – Diccionario de Historia de Venezuela
- Biblioteca Nacional de Venezuela – Archivo Digital de Prensa
- Ministerio del Poder Popular para la Planificación – Archivo Histórico de Estadística
- Universidad Central de Venezuela – Repositorio de Tesis de Historia
- Revista de Estudios Históricos – Universidad de Los Andes
- Historia Global de Venezuela – Editorial Globe
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