Tomás Funes: La noche de los machetazos
Introducción
La figura de Tomás Funes ocupa un lugar singular en la historia de las fronteras venezolanas durante las primeras décadas del siglo XX. Su ascenso en el Alto Orinoco, marcado por la combinación de autoridad militar, control económico y dominio personalista, refleja las tensiones propias de un territorio donde el Estado apenas lograba proyectar su presencia. En este escenario de aislamiento geográfico, economías extractivas y relaciones sociales frágiles, emergió un liderazgo que conjugó el autoritarismo, la coerción y la violencia sistemática. Entre los episodios más recordados de su trayectoria destaca la llamada “noche de los machetazos”, un acontecimiento que condensó el clima de temor y obediencia que definió su poder. Examinar este suceso implica adentrarse en las dinámicas políticas, económicas y humanas de la región, así como en los silencios documentales que aún desafían a la historiografía venezolana.
El Alto Orinoco a comienzos del siglo XX
A inicios del siglo XX, el Alto Orinoco constituía una de las regiones más aisladas y complejas del territorio venezolano. Su geografía, dominada por extensos ríos, selvas densas y una baja densidad poblacional, configuraba un espacio donde la presencia estatal era intermitente y, en muchos casos, meramente nominal. Las comunicaciones dependían casi por completo de las rutas fluviales, lo que otorgaba a quienes controlaban estos pasos una influencia determinante sobre la vida económica y social de la zona.
Las comunidades indígenas, especialmente los grupos yanomami y otros pueblos de la región, mantenían formas de organización propias, profundamente vinculadas al territorio y a sus dinámicas de movilidad. Aunque la historiografía sobre el período temprano del siglo XX es fragmentaria, estudios antropológicos y etnohistóricos permiten comprender que estas sociedades enfrentaban presiones crecientes derivadas del avance de comerciantes, expedicionarios y autoridades locales, cuyas percepciones y prácticas respondían a lógicas externas al mundo indígena.
En este contexto, la economía extractiva —particularmente el caucho y otros recursos forestales— generó tensiones entre actores con intereses divergentes: comerciantes que buscaban expandir sus redes, autoridades civiles y militares que intentaban afirmar su poder, e indígenas que defendían sus territorios y modos de vida. La ausencia de instituciones sólidas facilitó la emergencia de figuras locales con capacidad de imponer orden mediante la fuerza, aprovechando el vacío administrativo y la dificultad de supervisión desde el centro político del país.
Así, el Alto Orinoco de comienzos del siglo XX se configuró como un escenario donde aislamiento, economía extractiva y fragilidad estatal convergieron, creando las condiciones para la aparición de liderazgos autoritarios y episodios de violencia que marcarían profundamente la memoria regional.
Tomás Funes: origen, ascenso y consolidación del poder
El origen de Tomás Funes se sitúa en Río Chico, en la región barloventeña, donde nació en 1855 según registros biográficos disponibles. Su juventud transcurrió en un entorno marcado por economías agrícolas y tensiones políticas propias del siglo XIX venezolano. Muy temprano ingresó a la vida militar, participando en conflictos como la Revolución Legalista y, posteriormente, en la Revolución Libertadora, experiencias que moldearon su carácter rígido y su comprensión del poder como ejercicio directo de la fuerza. Tras episodios de prisión y fuga, su trayectoria lo condujo hacia el sur del país, donde encontró en el Amazonas un territorio propicio para reconfigurar su destino.
A partir de 1908, Funes se estableció en el Alto Orinoco, inicialmente vinculado al comercio del caucho y la sarrapia. Su habilidad para insertarse en las redes económicas locales, sumada a la ausencia de una autoridad estatal efectiva, le permitió construir una base de influencia entre comerciantes y trabajadores. En un contexto donde el aislamiento geográfico dificultaba la supervisión institucional, Funes consolidó un grupo armado propio, capaz de imponer orden, resolver disputas y ejercer control sobre rutas fluviales estratégicas. Este proceso coincidió con el creciente descontento hacia el gobernador Roberto Pulido, cuyas políticas fiscales y prácticas de acaparamiento generaron tensiones profundas entre los actores económicos de la región.
El ascenso definitivo de Funes ocurrió el 08/05/1913, cuando encabezó la toma violenta de la sede gubernamental en San Fernando de Atabapo, hecho que marcó el inicio de un gobierno de facto que se prolongaría durante ocho años. Desde entonces, su autoridad se sostuvo mediante un sistema de coerción, castigos ejemplares y control absoluto del territorio, configurando uno de los episodios más complejos del caudillismo fronterizo venezolano.
Tensiones políticas y económicas previas a la noche de los machetazos
En los años previos a la “noche de los machetazos”, el Territorio Federal Amazonas atravesaba un periodo de creciente inestabilidad política y económica. La designación de Roberto Pulido como gobernador en 1911 introdujo un modelo de administración caracterizado por el acaparamiento de recursos, la creación de nuevos impuestos y la apropiación de actividades comerciales estratégicas, especialmente aquellas vinculadas al caucho, la balatá y la sarrapia. Estas medidas afectaron directamente a los comerciantes locales, quienes dependían de la libre circulación por las rutas fluviales y de un equilibrio mínimo entre autoridad y actividad económica.
La región, ya marcada por el aislamiento geográfico y la débil presencia institucional, se convirtió en un escenario donde las tensiones entre actores económicos y autoridades civiles se intensificaron. Pulido no solo monopolizó el comercio, sino que sustituyó a comerciantes tradicionales por establecimientos propios, administrados por personas de su confianza. Esta práctica generó un profundo malestar entre quienes habían sostenido la economía regional durante décadas. En este contexto emergió Tomás Funes, un comerciante y militar retirado que había logrado consolidar influencia en el Alto Orinoco gracias a su control de rutas y a su capacidad para movilizar trabajadores y recursos.
La confrontación entre Pulido y los comerciantes derivó en reuniones, peticiones y negociaciones fallidas. La negativa del gobernador a modificar sus políticas fiscales y comerciales alimentó un clima de resentimiento colectivo. Funes, percibido por algunos actores como la única figura capaz de desafiar el orden impuesto, comenzó a articular alianzas que combinaban intereses económicos, rivalidades personales y la necesidad de restablecer un equilibrio en la región. Estas tensiones, acumuladas durante meses, prepararon el terreno para la ruptura violenta que marcaría la historia del Amazonas venezolano.
La noche de los machetazos
La llamada “noche de los machetazos” constituye uno de los episodios más estremecedores del periodo en que Tomás Funes ejerció el control de facto sobre San Fernando de Atabapo. Aunque las fuentes disponibles son fragmentarias y, en ocasiones, contradictorias, coinciden en señalar que el suceso ocurrió en un ambiente de tensión acumulada, cuando el poder de Funes se encontraba en su punto más alto y la obediencia se sostenía casi exclusivamente por el miedo. La noche comenzó como tantas otras en la población: un silencio espeso, apenas interrumpido por el rumor del río y el movimiento de los destacamentos armados que patrullaban las calles. Sin embargo, los testimonios posteriores describen un cambio abrupto en el clima social, marcado por la orden de Funes de ejecutar a varios detenidos acusados de conspirar contra su autoridad.
Los prisioneros, según relatan fuentes orales y documentos judiciales posteriores, fueron sacados de sus celdas y conducidos hacia el patio del cuartel. Allí, en un acto que buscaba tanto castigar como enviar un mensaje inequívoco a la población, se procedió a su ejecución utilizando machetes, un método que reforzaba la dimensión ejemplarizante del castigo. La violencia, directa y pública, tenía un propósito político: reafirmar que ningún desafío sería tolerado y que la autoridad de Funes se imponía sin mediaciones.
El impacto inmediato fue profundo. Las familias se encerraron en sus casas, los comerciantes suspendieron actividades y los líderes locales comprendieron que cualquier intento de oposición sería respondido con la misma severidad. La noche dejó una huella duradera en la memoria regional, no solo por la brutalidad del acto, sino por lo que reveló sobre la estructura de poder en el Alto Orinoco: un sistema sostenido por el temor, la ausencia de instituciones y la capacidad de un solo hombre para decidir sobre la vida y la muerte en un territorio aislado.
El ocaso de Tomás Funes
El poder de Tomás Funes, que durante años pareció inamovible en el Territorio Federal Amazonas, comenzó a erosionarse lentamente a partir de 1920. Las tensiones internas, el agotamiento económico de la región y el creciente descontento entre sus propios hombres minaron la estructura de control que había sostenido su autoridad. A ello se sumó un factor decisivo: la presión del gobierno central, que ya no podía ignorar la existencia de un territorio prácticamente escindido del resto del país y gobernado por un caudillo autónomo. La figura de Funes, que durante años había sido tolerada por conveniencia, pasó a ser vista como un desafío directo al poder de Caracas.
Las fuentes coinciden en señalar que, hacia finales de 1920, la red de alianzas que había sostenido a Funes comenzó a fracturarse. Algunos de sus colaboradores más cercanos desertaron o buscaron protección en otras jurisdicciones, mientras que comerciantes y habitantes locales, exhaustos por años de violencia y arbitrariedad, empezaron a colaborar con emisarios del gobierno nacional. La llegada de fuerzas enviadas desde Ciudad Bolívar marcó el inicio del fin. Funes, consciente de que su margen de maniobra se reducía, intentó reorganizar su defensa, pero el desgaste acumulado hacía imposible recuperar el control pleno del territorio.
El desenlace llegó el 31/01/1921, cuando Funes fue capturado y ejecutado en San Fernando de Atabapo. Su muerte puso fin a ocho años de dominio autoritario y abrió un periodo de reintegración del Amazonas al orden institucional venezolano. Para la población local, el ocaso de Funes no significó un cierre inmediato de las heridas, pero sí el inicio de un lento proceso de reconstrucción social y política. En la memoria regional, su caída permanece como un recordatorio de los límites del poder personalista en territorios donde la ausencia del Estado permite que la violencia se convierta en forma de gobierno.
Interpretaciones historiográficas
La figura de Tomás Funes ha sido abordada por la historiografía venezolana desde perspectivas diversas, que oscilan entre la explicación estructural y la interpretación moral de su conducta. Una primera línea de análisis lo sitúa como expresión extrema del caudillismo fronterizo, fenómeno recurrente en regiones donde la presencia estatal era débil o inexistente. Desde esta óptica, Funes no sería un caso aislado, sino el resultado de un entramado histórico marcado por economías extractivas, aislamiento geográfico y relaciones de poder basadas en la coerción más que en la institucionalidad.
Otra corriente interpretativa enfatiza la dimensión política del periodo gomecista. En este marco, el ascenso de Funes se entiende como consecuencia indirecta de un Estado central que, aunque autoritario, toleró o ignoró la autonomía de ciertos actores locales mientras no representaran una amenaza directa para el poder nacional. La prolongada permanencia de Funes en el Amazonas, pese a las denuncias y testimonios sobre abusos, ha sido leída como evidencia de esa ambigüedad: un territorio donde el control formal del gobierno coexistía con la práctica de dejar hacer a quienes mantenían el orden por medios propios.
Un tercer enfoque, más reciente, se centra en la memoria regional y en la forma en que las comunidades del Alto Orinoco han transmitido el recuerdo de su dominio. En estas narrativas, Funes aparece como una figura temida, asociada a episodios de violencia que marcaron profundamente la vida cotidiana. La historiografía contemporánea reconoce el valor de estas voces, no como sustituto de la documentación escrita, sino como complemento indispensable para comprender la experiencia humana detrás de los hechos.
En conjunto, estas interpretaciones coinciden en un punto esencial: el caso de Tomás Funes revela los límites del Estado venezolano en sus periferias y la fragilidad de las estructuras institucionales en contextos donde la autoridad dependía más de la fuerza que de la ley.
Conclusiones, memoria histórica y legado
El estudio del periodo en que Tomás Funes ejerció el control del Territorio Federal Amazonas permite comprender, con una perspectiva más amplia, las tensiones estructurales que marcaron la relación entre el Estado venezolano y sus fronteras durante las primeras décadas del siglo XX. Su ascenso, sostenido por el vacío institucional y por una economía extractiva dependiente del caucho y la sarrapia, revela cómo la ausencia de mecanismos formales de autoridad abrió espacio para la consolidación de poderes locales basados en la coerción. La “noche de los machetazos”, como episodio emblemático, sintetiza esa dinámica: un acto de violencia que no puede entenderse aislado, sino como expresión de un sistema donde la fuerza se convirtió en herramienta de gobierno.
Desde la historiografía, el caso de Funes ha sido interpretado como un ejemplo extremo del caudillismo fronterizo, pero también como un recordatorio de las limitaciones del Estado central para integrar territorios distantes y culturalmente diversos. Las fuentes disponibles —documentales, judiciales y orales— muestran que su figura no solo generó temor, sino también una profunda fractura social que persistió más allá de su caída. La memoria regional conserva relatos que, aunque marcados por el dolor, aportan matices indispensables para comprender la experiencia humana de quienes vivieron bajo su dominio.
El legado de este periodo no se reduce a la violencia ejercida, sino a las preguntas que deja abiertas sobre la construcción del Estado en zonas periféricas. La reintegración del Amazonas tras la ejecución de Funes en 1921 no eliminó de inmediato las heridas, pero sí inició un proceso de reconstrucción institucional que buscó restablecer la confianza en la autoridad legítima. Para la historiografía venezolana, el caso continúa siendo un punto de referencia para analizar cómo la fragilidad estatal, la economía extractiva y el aislamiento geográfico pueden converger en formas de poder personalista que marcan profundamente la vida de las comunidades.
Véase también
• Juan Vicente Gómez: El gomecismo II
Fuentes Oficiales
- Biblioteca Nacional de Venezuela – Archivo Audiovisual y Documental https://biblional.gob.ve/
- Academia Nacional de la Historia – Venezuela https://anhvenezuela.org.ve/
- Ministerio del Poder Popular para la Cultura – Fundación Museos Nacionales https://fundacionmuseos.gob.ve/
- Archivo General de la Nación – Venezuela https://agn.gob.ve/
- Revista de la Academia Nacional de la Historia (RANH) https://anhvenezuela.org.ve/revista/
- Red de Bibliotecas Virtuales de CLACSO – Estudios sobre Amazonía venezolana https://www.clacso.org/biblioteca/
- Repositorio Institucional Saber UCV – Investigaciones históricas https://saber.ucv.ve/
- Pino Iturrieta, E. (Coord.). (2006). Historia Global de Venezuela: Vol. III. Independencia y siglo XIX. Editorial Globe. ISBN 978-980-6427-16-7. Depósito Legal: lf 53220059002282.
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